- Ventarrones de entrada
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- El Colegio de México
- pp. 9-36
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VENTARRONES DE ENTRADA
En el Estadio Nacional,
convertido provisionalmente en recinto parlamentario, el 30 de noviembre de 1934, el general Lázaro Cárdenas, delante de 30 000 espectadores, recibió la banda tricolor, dijo “sí protesto...”, y con la misma voz pausada y solemne, leyó un discurso espacioso (seis mil palabras), impreciso (con la ambigüedad propia del vocabulario de la política) y tronante (poco o nada conciliador).1 La costumbre de exponer los propósitos del presidente el primer día del presidenciado era casi una novedad; fue instaurada en 1928 por Emilio Portes Gil, quien debutó en la presidencia con consideraciones acerca de su persona, un elogio a la personalidad del Jefe Máximo y un boceto de lo que haría.2 Abelardo Rodríguez, presidente sustituto, se sentó en la silla sin chistar. Portes y Ortiz, enfundados en traje de ceremonia, dirigieron su primer discurso a los representantes populares.3
Cárdenas, con chaqueta de calle en vez de jaquet, se dirigió “al pueblo mexicano”. El nuevo Presidente de la República aseguró que había extraído el plan de acción para el sexenio 1934-1940 del conocimiento vivencial, y en el peor de los casos de la inspección de ojos de un México con “profundas desigualdades e inicuas injusticias”, con “regiones enteras en las que los hombres viven ajenos a toda civilización... hundidos en la ignorancia y la pobreza más absoluta” y con un territorio que aún por la forma auguraba ser el cuerno de la abundancia.4 No dijo cosa del Jefe Máximo. Qué iba a decir si aún no planeaba cancelar la tutela del achacoso Calles, porque suponia que el tutor no iba a tutorearlo. De momento, contra la creencia de los mal pensados, Calles no le imponía el gabinete.5 De Cárdenas salió hacer un ministerio callista de individuos con “antecedentes revolucionarios” y con ferocidad anticatólica. De él salió poner en Gobernación al ingeniero Juan de Dios Bojórquez, quien había dejado al Dios de su nombre reducido a una D. En Hacienda puso al jurisperito Narciso Bassols, flacucho, joven, calvo, con crianza y educación católicas, ex seminarista, ex ministro de Educación, anticlerical, nervioso, experto en herir de palabra a curas y a monjas, extraordinariamente lógico, satírico y ascético.6 Para encargarse de la cartera de Economía se designó a un milite tan conflictivo como el abogado Bassols, a don Francisco J. Mújica, general sin victorias, constituyente sin sólida formación jurídica que sí eclesiástica, político sin ningún talento para las componendas y las sumisiones, generoso sin renuncia a sus creencias y autor de la frase: “Soy enemigo del clero porque considero que el clero es el enemigo más desdichado y perverso que tiene nuestro país”.7 También era malqueriente del tabaco y del alcohol. Con todo, abrigaba algunas filias; quería al general Cárdenas desde que se habían entregado juntos, en otros tiempos, a la lectura de los mismos libros.
Para mover las comunicaciones nombró a Rodolfo Elias Calles, que pasaba por ser fiel copia de su progenitor. En la silla de Relaciones puso a un ex presidente famoso por sus ardides, al licenciado Emilio Portes Gil. Dejó la Secretaría de Educación en poder del ardiente antirreligioso Ignacio García Téllez, dueño del bigote más hirsuto del gabinete. Al malquerido Aarón Sáenz, general, negociante, abogado, obregonista, callista, rey del azúcar, lo encargó de los asuntos del Departamento Central. En los otros tres departamentos (del Trabajo, Agrario y Salubridad) designó respectivamente al anticatólico Silvano Barba González, al antilatifundista Gabino Vázquez y al médico Abraham Ayala González, esposo de la secretaria privada del Jefe Máximo.8 Hizo secretario de Guerra al general Pablo Quiroga; procurador general, a Silvestre Guerrero, y gobernante del D. F., a Raúl Castellano, los tres poco conocidos. En cambio era muy conocido y peor visto el verdugo de sacerdotes y de ebrios que quedó en la Secretaría de Agricultura, el cacique de Tabasco Tomás Garrido Canabal, partidario del latifundio para él y la pequeña propiedad para los otros. Se reservó como secretario particular al licenciado Luis I. Rodríguez, joven pico de oro. Los que conocían el amor de Cárdenas por los árboles no se extrañaron de la fundación de un Departamento Forestal con un apóstol del árbol al frente: don Miguel Angel de Quevedo.9 Las mayores novedades ofrecidas por la plana mayor del presidente Cárdenas eran tres: superabundancia de abogados (once de dieciséis), relativa escasez de milites (tres) y juventud de casi todos sus colaboradores (cuarenta años de edad en promedio; la mayoría de la generación de 1915 o constructiva).10
En su discurso de arranque, Cárdenas expuso: “La abnegación del ejército debe ser correspondida no sólo con la estimación de la sociedad, ni sólo con el aplauso del pueblo”, y manifestó el propósito de mover “el personal de oficiales y jefes excedentes en el Ejército a otras dependencias de la Administración”, pero, al parecer, no los quería puestos en las cumbres.11 Es bien sabido que los colocó en las colinas de las gubernaturas y en las faldas del pico principal, y a veces, en los puros valles. Cárdenas se abstuvo del militarismo desde el primer día. No quiso gobernar con sus colegas ni tampoco con los viejos. En el discurso de toma de posesión dio a entender que “los servidores de las tres dependencias que constituyen el gobierno” naturalmente no debían ser niños pero tampoco adultos de más de 60 años. Como era necesario “disminuir el número de aspirantes” al mando y “mejorar los servicios públicos” pensó rodearse de jóvenes ambiciosos, trabajadores y sin los arrestos destructivos de la generación revolucionaria.12
También dio a entender en el Estado que quería gobernar con el apoyo del pueblo y para las masas populares. No dijo que iba a ir de pueblo en pueblo para informarse de los decires del vecindario y ejercer cada una de las funciones de cada uno de los burócratas; se calló su plan de ser oidor itinerante de cosas mayúsculas y minucias, ministro de Estado, director general, jefe de mesa, empleado de ventanilla, juez de la máxima instancia y juez de paz, senador y diputado, gobernador y presidente municipal. A las primeras de cambio sólo aclaró: “Estableceré una hora fija diariamente para que, mediante el radio o un hilo telegráfico directo a las dependencias presidenciales, me dirijan los ciudadanos o las agrupaciones sus quejas, sus necesidades, sus conflictos...”.13 El quiso a toda costa mantener el contacto con las masas, pues creía que a pesar de su postración, se interesaban en los problemas de la colectividad y podían ayudar, si se les consultaba, a resolverlos. “Juzgo muy difícil realizar los postulados del Plan Sexenal –había dicho poco antes– si no cuento con la cooperación de las masas obreras y campesinas organizadas, disciplinadas y unificadas”. Si eliminó el frac desde la primera ceremonia como presidente, y si rehuyó vivir en el Castillo de Chapultepec fue porque quería acortar la distancia entre él y el pueblo. Antes que nada aspiraba a ser el caudillo de la rebelión de las masas con ellas y para ellas.14
Sostuvo, además, que se proponía conseguir, “en campos y ciudades un tipo de vida económica superior”. Deploró que las riquezas subterráneas de México, quizá por estar en poder de extranjeros, no salieran suficientemente a flote. Deploró que aun la agricultura, “casi íntegramente en manos mexicanas”, fuese tan poquitera, monótona y ruda. Deploró que la industria, por “pobre, empírica y desordenada” no nos deparara los placeres típicos de los países industriales. Deploró que el comercio entre nosotros y con los otros careciese de la velocidad de los nuevos tiempos. Propuso entrometerse, como no lo había hecho ningún gobierno anterior, en la vida económica; resolver, vía gobierno, las “necesidades que no pudo ni quiso atender la iniciativa privada”, pues sólo el gobierno tenía “una visión de conjunto” de lo faltante en la despensa nacional, y únicamente él parecía interesado en surtirla con las cosas que la nación demandaba. Sólo el gobierno quería y podía hacer carreteras y ferrocarriles para los comerciantes, promover a los industriosos, dar agua y organización técnica a los agricultores y suministrar pistas de exploración a los mineros. Explicó también que el desarrollo económico que su régimen se proponía impulsar no aspiraba a enriquecer de sobra a los ya ricos, sino a subir a los pobres a la altura de los pudientes. Dijo que quería un desarrollo con justicia social, y para obtenerlo, le metería acelerador a la reforma agraria y a la organización obrera.15
“La administración a mi cargo –agregó– prestará especial atención (a restituir o a dar) a los pueblos y a los trabajadores del campo lo que por siglos ha sido su fuente de vida”, y si las tierras habitadas por algunos de ellos sólo producen para mal comer, les serán sustituidas por las grandes reservas de tierra fértiles, fácilmente cultivables, a las que sólo es menester hacerles algunas obras de transformación y saneamiento para despertar en las clases rurales el necesario impulso de colonizarlas, hacerlas fértiles, convertirlas en cómodos paraísos.
En su ceremonia de debut, Cárdenas dijo que devolvería los labriegos al paraíso y que los nuevos adanes o evas, por estar bien organizados, se defenderían de cualquier posible expulsión que les quisieran imponer en el futuro los acaparadores de tierras, los patronos.16 Para los trabajadores citadinos también tuvo fórmulas de felicidad: hechura de un frente único de los trabajadores que acoja en su vasto recinto aun a “las humildes mujeres que desempeñen el servicio doméstico”, que impida la lucha estéril de los sindicatos entre sí, y junte todo el vigor obrero para propósitos de mejoría, como los de poderse codear con sus patronos. Al que en un instante más se iba a estrenar como presidente, le interesaba mucho el cumplimiento del refrán: “O todos parejos o todos chipotudos”. Era hostil a la existencia de soberbios y humildes, y en todo caso, prefería a éstos frente a aquéllos. El iba a ser el padre de los pobres, Tata Lázaro, Vasco Cárdenas, que como primer regalo les entregaría “la administración municipal... la más pequeña de nuestras administraciones políticas”, pero también la mejor para aprender a mandar o a no dejarse mandar.17 De la práctica en el gobierno del terruño se pasaría a los niveles cada vez más elevados del poder. En suma, procuraría la elevación económica, social y política de las masas trabajadoras hasta conseguir la máxima igualdad posible entre explotados y explotadores.
Por lo que mira a la cultura, el ungido expresó en su discurso inaugural que le daría “un franco impulso” a la Escuela Socialista, multiplicaría “los centros docentes en el campo y en la ciudad” y haría de la educación la máxima “colaboradora del sindicato, de la cooperativa, de la comunidad agraria”.18 No dijo nada acerca de la educación religiosa, pero el hecho de que pocos días antes les hubiera ordenado a los sacerdotes de su terruño: “dejen el pueblo... para que no estorben al programa educativo que va a intensificarse”,19 presagiaba que el joven Cárdenas sería tan comecuras como el viejo Calles. Tampoco quedó bien claro la amplitud que le concedería a la libertad de expresión. “Ha llegado el momento –sostuvo– en que debemos mantenernos dentro de una firme disciplina ciudadana –de la que no está excluida la sana crítica–, que nos permita, sin injustificadas agitaciones, movidos todos por un amplio espíritu de trabajo, entregarnos por entero a la inmensa labor de construcción...”.20 Luego dijo: “Todos los auspicios nos son favorables...”y un minuto después, en medio de una salva de aplausos, salió de aquel escenario nacional para meterse
En su casa,
con los suyos, pues nadie lo podrá acusar durante su presidencia de haber sido candil de la calle y oscuridad de su casa. Se mantuvo en la línea de ser un marido bien llevado con su esposa, sin arranques machistas, quizá porque no casó joven, quizá por haber tenido un padre que no pudo vestir a su primogénito de charro, ni comprarle cabalgadura y pistola, ni hacerlo varón a la mexicana. Su presidenciado no será en desdoro de su hogar, ni tampoco de su terruño. Supo mirar por la patria grande sin apartar la vista de la tierra natal.21
Si Cárdenas recibió el sobrenombre de Esfinge de Jiquilpan desde el principio de su gestión, fue por enigmático y por decididamente prendido a las pretinas de su matria, a Jiquilpan, a donde hizo frecuentes viajes y de donde recibió visitadores a diario en pos de acomodo. En los primeros días de su jefatura presidencial, sus coterráneos y parientes se acordaron de él como nunca y él de ellos, lo que no significa que Cárdenas cometiera en exceso el pecado del nepotismo. Les dio puestos a muchos parientes y paisanos, aunque rara vez puestos de primera fila. A los pocos días de haber recibido la investidura presidencial conversó con un grupo de jiquilpenses que fueron a pedir tajada del pastel burocrático. Cárdenas les dijo : “Con los paisanos voy a seguir la costumbre de nuestra tierra. Los de casa comen al último y en la cocina”. Y así se hizo. El nuevo jefe del Estado Mexicano se mantuvo unido a las personas y los valores de su pueblo, de su Jiquilpan natal.
Los testimonios de los allegados a Cárdenas presidente coinciden en que durante su presidenciado mudó muy poco sus costumbres privadas. Siguió levantándose con el sol. Su amigo y biógrafo William Townsend refiere: “Todos los días, a las seis y media de la mañana, el general estaba de pie, ya debajo de la regadera, ya en la alberca al aire libre (su favorito y casi único deporte). Amigos íntimos y miembros del gabinete tenían la costumbre de venir a su casa muy temprano para tener entrevistas de emergencia. El presidente... se servía de uno de sus ayudantes para invitar a los entrevistadores a que lo acompañaran a darse una fría zambullida en la alberca... ” También era frecuente que cabalgase antes de desayunar, sobre todo desde que se fue a vivir a Los Pinos, a la sencilia residencia destinada a los presidentes en el Bosque de Chapultepec.22
Fernando Benítez, otro de sus múltiples amigos y biógrafos, cuenta: “Amaba los caballos, las plantas y el agua. Montaba sin alardes, cuidaba sus flores y casi a diario nadaba en la alberca de Los Pinos...” Lo afeitaba un ayudante, “y desayunaba fruta, huevos tibios y café. A las 9 menos 20 de la mañana, después de leer los periódicos, tomaba su auto y se dirigía a Palacio... ” A eso de las dos volvía a Los Pinos, “comía en su casa con su mujer y a las 5 de la tarde volvía al Palacio. En la enorme plaza oscurecida sólo se destacaban, hasta muy tarde, sus balcones iluminados”. Como siempre, siguió destinando la mayor parte de su tiempo a las labores públicas.23 Por lo demás, mantuvo los hábitos de no fumar, no asistir a las corridas de toros, vestirse pulcramente pero sin etiquetas, comer con su familia y algún invitado, lo mismo al mediodía que en la cena, menos durante sus giras. Algunas veces se le tomó a mal el que gustara de los antojitos mexicanos, el que se dejase seducir por guisos, frituras y golosinas nacionales, el que se apartara del malinchismo culinario propio del puesto de primer mandatario de la nación mexicana. Por lo que mira a bebestibles, el general no se apartó de la usanza ranchera de aliviar los malestares físicos con infusiones de manzanilla, yerbabuena, boldo y demás plantas quitapuros, pero se abstuvo de curar las dolencias morales al modo campesino, con copitas de mezcal, pulque, tarros de cerveza, y otras medidas “contra las muchas penas”. Cárdenas permaneció enamorado de la vida bucólica y sus costumbres, menos la costumbre de la embriaguez.24
La tarde del 30 de noviembre de 1934 estuvo en su rancho próximo a Cuernavaca con su amigo Mújica,25 mientras muchos miembros de su gabinete se reunían en un sitio próximo a una finca cercana a la del “pobre Lázaro”, en la finca de Plutarco, el gran plutócrata, a quien el grueso de la familia revolucionaria le llamaba el Jefe Máximo, y los más audaces de esa numerosa prole, “genio único”, “antorcha que alumbra el camino de la patria hacia la cumbre”, “grandeza inigualada”, “símbolo genial” y quién sabe cuántas cosas más. El día 3, el propio Cárdenas fue a visitar a Calles, pero, al parecer, no para recibir órdenes, como los miembros de su gabinete. Cárdenas fue a reiterarle lo que le dijo en El Sauzal, allá en Baja California, sobre “la actitud de quienes se decían amigos” del general Calles y que “ya se consideraban afectados en sus intereses por el anuncio del programa del Gobierno”, y por lo mismo, acabarían por distanciarlos a ellos, por conseguir una ruptura Cárdenas-Calles. Cárdenas le sugirió a Calles que ahuyentara de su coto a los políticos buscadesavenencias. Calles repuso: “ya me canso de decirles a estos... que me dejen en paz” 26 Pero de esa conversación no se enteró nadie. De lo que sí se enteró todo mundo fue que el día once, Cárdenas y la plana mayor de la política estuvieron en el campo de aviación para despedir a Calles que sufría de algunos dolorcillos que no pudo quitárselos el Niño Fidencio, e iba a ver si se los quitaban los doctores de Los Angeles. Todo mundo se enteró de las palabras del mandamás dichas antes de trepar al avión: “Contamos con un gobierno fuerte, encabezado por un revolucionario limpio y firme”.27 Pero eso de la capitanía de Cárdenas nadie lo creyó. Según la opinión pública, la cabeza seguiría siendo el revolucionario Calles que si no limpio, sí era firme como una roca y tan difícil de mover de donde estaba como las pirámides de Teotihuacán. Los mismos colaboradores del nuevo presidente creían que se la iban a ver con otro Ortiz Rubio, con otro pelele de la “grandeza única e inigualable”.28 El hecho de que el 28, el mero día de los Inocentes, se autorizara a Lázaro a legislar sobre esto y aquello, no era ningún buen augurio de que él y sólo él iba a gobernar. Y así, débil, lo quería una gran parte de los políticos, que no la opinión pública masiva, unificada en los gritos de: ¡Cárdenas, sé Presidente! ¡Gobierna tú solo al país! Y no era que Cárdenas fuese ya popular. Tenía aún muchos malquerientes en las élites económica, social, política y cultural y estaba muy lejos todavía de ser el ídolo de las masas. Las declaraciones del Estado no tenían por qué gustarles a los patronos, ni tampoco eran tan seguras como para encender súbitamente la alegría de los trabajadores. La declaración del primero de enero de 1935 sobre la urgencia de sustraer al país de la ciega opresión clerical, no le iba a conseguir la simpatía de la muchedumbre que no era consciente de esa opresión, pues la llevaba más o menos bien con los curas.29 La orden de clausurar “las casas de juego de todo el país”, muchas de ellas de su antecesor Rodríguez, seguramente cosechó aplausos entre algunas señoras, pero al parecer no despertó ningún entusiasmo entre varones.30
El primer invierno de la presidencia de Cárdenas fue de noticias muy inquietantes, de zozobra, de preguntas sin fin, de no saber a dónde se iba, de zigzag incesante, de agitación como muy pocas veces se había visto.31 Las 16 horas diarias dedicadas por el Presidente a tareas propias de su cargo apenas le servían para informarse sobre invasiones de tierras perpetradas por campesinos impacientes, sobre las fechorías del Tallarín y algunas docenas más de cabecillas insurrectos en nueve Estados de la República,32 sobre los “activos trabajos” del poderoso cacique de San Luis Potosí,33 sobre la manía de desorejar profesores, que cundió entre rancheros fanáticos de su crianza y enemigos de la educación socialista, sobre manifestaciones estudiantiles en contra y en pro del Artículo 3o. constitucional recién reformado, sobre huelgas y pleitos entre obreros, sobre patronos desafiantes, sobre escritores vociferantes, sobre clérigos ganosos de reiniciar la Cristiada.34 De las múltiples agitaciones que acompañaron el debut de Cárdenas como presidente, la primera en tiempo y en importancia para la mayoría fue la
Agitación religiosa
que según el Presidente de la República fue obra del “grupo clerical del país que, unido a fuerzas conservadoras, aprovechaba los menores intentos de acción ideológica promovidos por grupos revolucionarios, para transformarlos en choques sangrientos y en motivos de escándalo”. Por su parte los conservadores culparon al gobierno de la agitación, porque no consideraban pequeños los intentos de acción ideológica promovidos por grupos revolucionarios: cierre de templos en la mitad de las entidades federativas, prohibición de enviar por correo literatura religiosa, amenaza de Don Nacho García Téllez, el secretario de Educación, de no dejar en las mentes infantiles nada de creencias seculares, cese de funcionarios católicos y demás cosas por el estilo.
El arzobispo Díaz le escribe al presidente Cárdenas: “Muchos católicos me atacan de pusilánime, porque, amigo de la paz, he procurado por los medios a mi alcance, que el orden no se trastorne” no obstante que “la persecución (religiosa) existe peor que en 1926 y 1929”.35 El presidente Cárdenas responde con recetas de magia homeopática, procura extinguir el fuego con fuego. La radiodifusora oficial se especializa en la emisión de programas antirreligiosos.36 El Nacional, diario del gobierno, publica artículo tras artículo contra ensotanados y creyentes. Por orden suprema, se clausuran colegios católicos y seminarios de sacerdotes.37 Salen quemadores de santos de todas las oficinas públicas.38 Trece gobernadores ordenan el cierre “de iglesias católicas romanas” y “muchos prohíben los servicios públicos de carácter religioso”.39 El secretario de Agricultura, célebre por haber importado de los Estados Unidos un toro al que apodó El Obispo y un descomunal burro al que bautizó con el nombre de El Papa, manifiesta a los reporteros: “Todas las religiones son absurdas y la católica, además, tiránica y oprobiosa”.40 Ninguno de los demás secretarios del presidente logra ir tan aprisa en la carrera antirreligiosa quizá porque ninguno de sus colegas ministeriales contaba, como Tomás Garrido Canabal, con medio millar de camisas rojas y pantalones negros tan fanáticos antifanáticos, que todos los finales de semana se ejercitaban en desafío a Dios, en ataques a Jesús y en insultos a los sacerdotes. En una ocasión les derribaron su imagen de la Virgen de Guadalupe a los creyentes del Estado de Morelos,41 y en otra, durante un “sábado rojo” habido en Bellas Artes, “un orador retó a Dios para que demostrara su poder –si alguno le quedaba– enviando un rayo” sobre el edificio donde rugía “y si bien el Altísimo, según comenta Benítez, desdeñó el desafío de su enemigo personal” algunos camisas rojas se salieron del teatro por temor a la respuesta del Inexistente.42
Mientras el clerófobo Calles se despedía del hospital yanqui de San Vicente, atendido por sores y saturado de jaculatorias, en México la racha antirreligiosa, bajo la batuta de Tomás el de Agricultura, seguía carcomiéndoles el hígado a numerosos católicos. En la primera exposición ganadera del nuevo régimen Garrido paseó un toro y un burro, acompañados por una banda de música y un heraldo que decía a voz en cuello: “Quítense los sombreros al pasar el Papa y el Obispo”.43 Las ridiculeces garridistas no tenían fin. Qué mexicano que tenga ahora más de medio siglo de vida no recuerda las alabanzas de los jóvenes revolucionarios a Garrido y Calles, “Maestros de la Juventud”, quién no recuerda el arribo cotidiano de Canabal a la Secretaría de Agricultura en medio de una valla de rojinegros a quienes el Secretario preguntaba: “¿Existe Dios?”, para escuchar la respuesta en coro: “Nunca ha existido” y para oír a continuación cantos de alabanza al Presidente, al Jefe Máximo y a Tomás Garrido Canabal.44 Unas veces, la muchachada del Secretario de Agricultura se ponía a disparar contra imágenes de Cristo; otras a repartir los periódicos Juventud Roja y Cristo Rey, y más de alguna, a robar templos.45 El 26 de diciembre, al decir de Alfonso Taracena, la juventud roja de Garrido irrumpió en La Conchita, de Coyoacán, quiso prender adentro un bote de gasolina y le sustrajo la corona a la Inmaculada. Pero según la versión oficial, ese acto no quedó sin castigo. El juez Martínez Zorrilla impuso a los piromaniacos y cleptómanos la enorme multa de cinco pesos.46
Por instrucciones de Garrido, los camisas rojas iniciaron una serie de reuniones dominicales en la quincena más cristiana del año. En el segundo domingo de la serie, en el penúltimo día de 1934, a los jóvenes garridistas, apostados en el atrio o plaza del templo de Coyoacán, les dio por desfanatizar en aquella ocasión a los coyoacanenses que asistían a su misa dominical. Estos aspirantes a oír sólo el sermón de su párroco, respondieron a las homilías anticristianas de los garridistas con insultos y amenazas que acabaron por prender la mecha. Para el anticatólico Townsend la prueba “de que muchos fieles católicos resultaran muertos y de que también entre ellos se registrara la mayoría de heridos” era suficiente para concluir “que los rojinegros fueron los que más dispararon”.47 Como quiera, la versión oficial le dio poca importancia a la muerte de doce católicos en un país donde había tantos, y mucha al linchamiento, por parte de los creyentes, del comecuras, que llegó tarde al mitin.
El primer día de 1935 fue el doble entierro. Miles de católicos acompañaron el ataúd de los mártires de Coyoacán. “En el mismo sepelio se organizó una Junta Pro Justicia de los Asesinados que recogió dinero, alhajas, chales” y lo que pudo.48 Centenares de gobiernistas estuvieron en la sepultura del linchado. Allí llegó una corona de flores del Presidente, pero también el úcase de encarcelar a los camisas rojas culpables de los hechos, encarcelamiento que fue muy breve y jolgorioso gracias a Garrido. Manuel González Calzada, uno de los camisas rojas, recuerda que las autoridades policiacas aprehendieron a 65 desfanatizadores, pusieron en inmediata libertad a 25 y a la postre a los otros cuarenta que Garrido se puso a defender a capa y espada.49 Por lo demás, los días que estos cuarenta pasaron en prisión fueron muy alegres, rodeados durante el día de muchachas que les traían flores y consuelos, y en la noche, de cantadoras, también mandadas por su protector, que cantaban canciones impías. La prisión fue una fiesta de escasa duración para los aprehendidos y para el público en general.50
En cambio, la metida al bote del arzobispo Díaz le sentó muy mal a la mayoría de la gente que no consideraba delito la conducta legalmente delictuosa del clérigo mayor: decir misa más allá del D. F., traer hábitos religiosos fuera de los recintos del culto y aceptar limosnas de los fieles.51 En todo el país se murmuraba en contra de la política anticlerical. En donde se podía, se protestaba a gritos y con los puños cerrados de rabia. Gentes de otros países se unían al clamor de la masa y de la élite religiosa.
El maratón de radicalismo anticlerical da pie a una protesta del devoto embajador de los Estados Unidos, Josephus Daniels; a la sugerencia del senador yanqui, Bora, de inquirir sobre el problema religioso en México; a la solicitud de los Caballeros de Colón a Cordell Hull, el copiloto de Roosevelt, de romper relaciones con México; al extenso “yo acuso” de Francis Clement Kelley, obispo de Oklahoma, autor de la obra Blood Drenched Altars, y la noticia de The New York Times: “Los hombres que ahora tienen el control del gobierno en México... se han hecho el propósito de acabar y destrozar... toda libertad religiosa”.52 Como quiera, no se puede unir a la campaña antirreligiosa la resurrección de la vieja controversia entre los Estados Unidos y México a propósito de las aguas de los ríos Bravo y Colorado.53 Tampoco los gritos del general Nicolás Rodríguez y sus camisas doradas (“México para los mexicanos”, “Fuera el socialismo rojo”, “Libertad de cultos, pero sin fanatismo”, “Ni chinos ni judíos”) eran respuesta a la lucha contra “la opresión clerical” del gobierno.54 Los camisas doradas, miembros del partido Acción Revolucionaria Mexicanista, adoptaron el deporte de ser el coco del Partido Comunista, formado entonces en todo el país con poco más de 20 000 . militantes. El 2 de marzo, dirigidos por el general y ex presidente Roque González Garza, los dorados embistieron a los rojos en la plaza de Santo Domingo, y ganada la primera escaramuza, en carrera contra los perdidosos, llegaron hasta el local del PC, donde destruyeron mesas y sillas y barrieron con los retratos de Lenin y Stalin y los llevaron hasta la calle, en donde los retratos fueron sometidos a la tortura de la lumbre.55
En realidad, muy pronto el zipizape rebasó los límites del conflicto religioso. A medida que avanzaba el año de 1935, la lucha entre el poder civil y el clero palideció frente a la lucha de trabajadores contra patronos. Acción revolucionaria de las masas, despertar de las clases populares, movilización del proletariado, descontento obrero y campesino, agarre entre la “hilacha” y la “seda”, lucha de proletarios contra propietarios,
Agitación laboral,
lid económica de los que nada tienen contra quienes lo tienen todo, fueron algunos de los nombres adjudicados a la tembladera que se soltó desde la subida de Cárdenas a la presidencia. Todo fue zangoloteo en aquellos días. Unas confederaciones obreras luchaban contra otras. Las huestes trabajadores acaudilladas por el viejo líder Luis Napoleón Morones organizan mítines contra las huestes trabajadoras lidereadas por el joven caudillo Vicente Lombardo Toledano y viceversa.56 Las agrupaciones sindicales de petroleros, inquilinos, ferrocarrileros, tejedores, sepultureros, taxistas, etcétera, ejecutan huelgas. Día tras día los diarios informan de la incesante actividad de tres mil sindicatos con medio millón de trabajadores. A fines de diciembre los obreros del Aguila Petroleum Company pusieron en escena una serie de representaciones huelguísticas.57 La más sonada se inició el 4 de febrero del 35 porque exigió a la empresa pagos por horas extraordinarias de trabajos hechos entre 1906 y 1933.58 En seguida vino la huelga general en la Angelópolis. Luego la de choferes en la capital. Acto seguido la holganza en Veracruz. El 7 de marzo deciden no trabajar los trabajadores del ferrocarril. Casi simultáneamente acuerdan lo mismo los conductores de tranvías de la ciudad de México. En abril de 1935 una huelga general en el Estado de Puebla por conflicto entre grupos laborales, fue secundada por electricistas y petroleros de Tampico.59 A su vez los operarios de Tampico fueron “apoyados por huelgas de trabajadores de las plantas eléctricas de Celaya, Uruapan, León, Mérida, San Luis Potosí”, etcétera.60 En la primera mitad de 1935 estallaron más de dos huelgas por día. Lo acostumbrado era el estallido de una huelga por mes, de once a quince por año. Hubo días en que se juntaron en la capital las huelgas de telefonistas, de empleados de cine, de trabajadores de fábricas de papel y de operarios de cinco o seis empresas más.61
El debate sobre la actividad huelguística alcanzó proporciones insospechadas. La gente del Congreso, dividida en dos alas, el ala de la izquierda y el ala derecha, la primera movida por Soto Reyes y la segunda supuestamente de Calles, iniciaron en algún banquete la agria polémica. El senador Ezequiel Padilla, que no militaba a la izquierda, dijo que “una agitación incesante en las organizaciones obreras”, aderezada con una publicación de color rojo subido, era causa de gran “zozobra para los círculos inversionistas.” El general Cárdenas repuso: “Debemos combatir al capitalismo, a la escuela liberal capitalista, que ignora la dignidad humana de los trabajadores”.62 En el gran debate no podían dejar de intervenir los periódicos. En Excélsior se dijo: “siguen las huelgas. .. unas por solidaridad y otras por conflictos directos con las empresas, y todas, probablemente, porque así lo quieren los líderes”.63 El líder de los electricistas vociferó: “A cada intento por menospreciar el derecho de huelga responderemos con la huelga“.64 El 24 de marzo, 15 mil obreros desfilan por las calles de la capital en apoyo de las huelgas de tranviarios y ferrocarrileros. Las palabras “huelgas”, “mitin”, “conflicto” fueron de uso corriente en la vida urbana. La zozobra se generalizó y se hizo susto y soltura en la élite patronal.65 La Confederación de Cámaras Industriales, la Confederación de Cámaras de Comercio, la Asociación de Banqueros y otras agrupacions de ricos saltaron de la polémica a la manifestación pública el 12 de abril; entonces le escriben al Presidente acerca de la depresión de los negocios por culpa de la borrasca obrera y le solicitan un mensaje tranquilizador.66 El hombre de Jiquilpan comparece en la IV Convención celebrada por los CROMistas en Morelia, en la última semana de abril. Allí dice, para tranquilizar a los patronos de la industria: “Las huelgas son indispensables para que la clase obrera pueda mejorar ante la intransigencia de la clase capitalista”.67 Allí ratifica lo dicho un mes antes: “Es urgente que se dé oportunidad las clases trabajadoras para incorporarse a la civilización, ya que siempre han sufrido injusticias, olvido y privaciones”.
También pretende calmar el azoro de los rancheros invadidos en sus propiedades con instrucciones a Gabino Vázquez para “intensificar los trabajos para la dotación de tierras en todo el país”,68 con la apertura de la Casa del Agrarista en la ciudad de México, con la orden de que, por ningún motivo, se permita a los extranjeros comprar tierras mexicanas, con el envío a diestra y siniestra de hombres de sombrero sarakof y pantalón bridge para contar gente y medir tierras expropiables y con las “giras de estudio y propaganda ideológica” del señor Presidente.69 En esas excursiones, rehúye el trato con los caciques de los pueblos y con los latifundistas; se junta con los de camisa y calzón blanco, con los guarachudos, con peones de las haciendas, con gente humilde. En esas andanzas, abre sus prominentes orejas casi nomás a los de abajo, come al uso campesino de cada lugar, duerme en jacales y apenas se distingue de las multitudes que lo rodean por el tacuche de lana y el sombrero chiquito, por una indumentaria parecida a la de los curas de pueblo. “Cuando el Presidente queda enterado de todo lo que tienen que decirle los campesinos, él, por su parte, les habla sin ceremonias y brevemente sobre los programas de gobierno” en favor de los pobres, especialmente de los campesinos sin tierras y les pide mantenerse unidos.70 Les habla sin alzar la voz, como en sordina. Cuando el general sale de un poblado, aquello semeja una olla hirviente o una enorme nube de polvo.
El primer semestre del sexenio de Cárdenas se presta poco a la clasificación. Aunque respondió a lo prometido por el Presidente en su debut, se le ha utilizado como botón de muestra de una diarquía a la mexicana.71 Según eso fue una administración que tocó simultáneamente dos sones. El son de la negra clericalla fue cantado por Calles y su coro. La canción de la coa y el martillo fue entonada por Cárdenas y su mariachi. Según otros, el primer semestre de aquel sexenio fue una poliarquía donde varios líderes laborales hicieron tronar sus chicharrones, donde no pocos virreyes se comportaron como reyezuelos, donde algunos ministros cambiaban las funciones de su ministerio a su antojo, como el de Agricultura, empeñado en ser secretario de cultos, donde muchos legisladores actuaban, como en régimen parlamentario, sin dirección, y como en país de cafres, sin cabeza; donde otros congresistas parecían vendedores de pistolas y tejanas.72 Para éstos, generalmente historiadores de izquierda, la dictadura de Calles era puro mito, pues el supuestodictador no le dictaba nada a nadie, sólo la hacía de árbitro a fin de evitar que la multitud de mandarines se pelearan entre sí. Anguiano afirma: “Calles carecía de prestigio militar y no era un líder carismàtico”.73 Puig asegura que el jefazo “más bien que hacer, aprobaba lo que hacían sus lugartenientes”.74 Prewett reporta: “Calles era nomás un político realista”.75 En suma, Calles, según éstos, era una especie de espantajo como los que se ponen en las sementeras para ahuyentar las aves de rapiña. Y si alguna vez fue señor poderoso, desde la presidencia de Abelardo Rodríguez ya no era “antorcha”, ni “hábil orientador”, ni “guía“ ni “jefe máximo”, ni “grandeza inigualada”, sino completamente un globo al que los periódicos inflaban sin cesar. Fernando Benitez lo dice a las claras: “El poder de Calles desde los tiempos de Abelardo Rodríguez era más aparente que real... no había logrado impedir la formación de una ala izquierda en las cámaras ni mucho menos controlar las nuevas organizaciones” obreras y campesinas.76
Según algunos modernos historiadores de derecha, el noviciado de Cárdenas como presidente y la anarquía son una y la misma cosa. En aquel semestre inicial de un sexenio que sería de mano dura no mandó ni el enfermizo Calles ni el hombre de voz apenas audible que era Cárdenas ni persona alguna con la salvedad del líder de los obreros, de Lombardo el de los interminables discursos, y del jefe de los camisas rojas, de Garrido Canabal, el de las sangrientas manifestaciones antirreligiosas. Para estos pesimistas, la aurora de aquel sexenio fue la ley de la selva, el caos, la incertidumbre, la confusión, el no saber para dónde jalar, la amenaza de la revolufia. Para las derechas, México estuvo entonces a un paso de otra terrible guerra civil, tan nefasta como las de Hidalgo, López, Juárez y Madero.77 Tal copia de truenos y relámpagos como los habidos, únicamente podían ser augurios de tormenta.
Sólo un farsante como el doliente don Plutarco se atrevió a proponer un retrato de la primera hora del cardenismo diametralmente opuesto al de la opinión pública de entonces. Calles, el solemne, el sentencioso, el de mirada amarilla y voz de trueno; Calles, el recién salido de la refaccionaria y recién devuelto a su país, se le ocurrió decir que en el primer semestre de 1935 se disfrutó en México de “una completa tranquilidad” y de “una situación verdaderamente envidiable... tanto en el aspecto económico como en el social y en el político”.78
El juicio más acertado sobre el primer semestre cardenista lo dio el propio general Cárdenas: a las agitaciones laborales que sin duda acontecieron en la primera mitad de 1935 les adjudicó el carácter “de una lucha social” ajustada a la ley que no perjudicaban al país ni al gobierno.79 La mayoría de las otras agitaciones las atribuyó a “intensa campaña. .. contra el gobierno” emprendida por gente adicta al general Calles que llamábase revolucionaria sin serlo. Las intromisiones del mismo general en el mando de la República también las cargó a la cuenta de los callistas, de miembros del Gabinete, de senadores y diputados que iban a solicitar consejos y consignas al general sonorense.80 Y como pensaba así, Cárdenas actuó en consecuencia en el segundo semestre de su presidenciado, según se verá en el segundo capítulo de esta obra.
Notas al pie
1 Luis González (Comp.), Los presidentes de México ante la nación. Informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Imprenta de la Cámara de Diputados, México, 1966, vol. IV, pp. 11-14. El Nacional, lo. de diciembre de 1934.
2 Luis González, “Los balances periódicos de la Revolución Mexicana” en B. García, Historia y sociedad en el mundo de habla española, El Colegio de México, México, 1967, p. 343.
3 Gustavo Casasola, Biografía ilustrada del Gral. Lázaro Cárdenas. Ed. Casasola, México, 1975, pp. 30-35.
4 González, Los presidentes de México, vol. IV, p. 11.
5 José Vasconcelos, La flama, Compañía Editorial Continental, México, 1959, pp. 466-467.
6 William Cameron Townsend, Lázaro Cárdenas, demócrata mexicano, Biografías Gandesa, México, 1959, pp. 96-97.
7 John W. F. Dulles, Ayer en México. Una crónica de la Revolución, 1919-1936. Fondo de Cultura Económica, México, 1977, pp. 555-556.
8 Carlos Alvear Acevedo, Lázaro Cárdenas, el hombre y el mito, Jus, México, 1972, pp. 134-137.
9 Mayores datos sobre el equipo cardenista se encontrarán en Alicia Hernández, La mecánica cardenista, en esta misma serie.
10 Dulles, op. cit., pp. 554-555.
11 González, Los presidentes de México, vol. IV, p. 14.
12 Ibid., IV, p. 15.
13 Loc. cit.
14 Arturo Anguiano, El Estado y la política obrera del cardenismo. Era, México. 1975, pp. 46-48.
15 González, Los presidentes de México, vol. IV, p. 11.
16 Ibid., IV, p. 12.
17 Ibid., IV, p. 13
18 Ibid., IV, p. 14.
19 Lázaro Cárdenas, Obras. I. Apuntes 1913-7940. Universidad Autónoma de México, México, 1972, p. 305.
20 González, Los presidentes de México, vol. IV, p. 14.
21 Da testimonio de sus virtudes caseras, de su apego al hogar, doña Amalia Solórzano de Cárdenas, y de su matriotismo o amor a la patria chica, amén de otros, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en Lázaro Cárdenas en Michoacán, Ediciones Casa de San Nicolás, Morelia, 1976.
22 Townsend, op. cit., p. 224.
23 Fernando Benítez, Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana. III. El cardenismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1978. pp. 15-16.
24 Townsend, op. cit., pp. 225-230.
25 Ibid., p. 96.
26 Cárdenas, op. cit., pp. 307-308, 318 y 319.
27 Townsend, op. cit., p. 103.
28 Anguiano, op. cit., pp. 38-39.
29 El Nacional, 3 de enero de 1935.
30 Cárdenas, op. cit., p. 311. Townsend, op. cit., p. 105.
31 Taracena, op. cit., vol. III, pp. 9-10, 14-21.
32 Ibid., vol. III, pp. 38 y 54.
33 Cárdenas, op. cit., pp. 316-317.
34 Archivo General de la Nación, sección Lázaro Cárdenas, paquete 430.
35 Taracena, op. cit., vol. III, p. 75.
36 Pedro Gringoire, Excélsior, 2 de septiembre de 1939.
37 Carlos Alvear Acevedo, Lázaro Cárdenas, el hombre y el mito, Jus, México, 1972, pp. 151-154. Townsend, op. cit., pp. 104-106. Jesús García Gutiérrez, Acción anticatólica en México, México, 1939.
38 Alvear, op. cit., pp. 146-147.
39 Townsend op. cit., p. 104.
40 Taracena, op. cit., vol. III, p. 17.
41 Cárdenas, op. cit., p. 306.
42 Benítez, op. cit., pp. 19-20. El Nacional, 4 de enero 1935.
43 Ibid., p. 19.
44 Manuel González Calzada, Tomás Garrido (al derecho y al revés), México, 1940, p. 182.
45 Dulles, Op. cit.,p. 569: “El nuevo secretario de Agricultura organizó reuniones en el teatro Hidalgo y en el Palacio de Bellas Artes y pronto desarrolló un programa de tres reuniones semanales: ‘Martes agrícolas’, ‘Jueves ganaderos’ y ‘Sábados rojos’. En las sesiones de los sábados rojos, el clero fue ridiculizado y se hicieron disparos ocasionales contra una pintura de Cristo. Se aconsejaba a los empleados de la secretaría de Agricultura asistir a estas reuniones, así como suscribirse a las publicaciones semanales, inspiradas por Garrido, Cristo Rey, que atacaba a la Iglesia Católica, y Juventud Roja, el periódico oficial de los camisas rojas”.
46 Taracena, op. cit., vol. III, p.
47 Townsend, op. cit., p. 104.
48 Benítez, op. cit., p. 21.
49 González Calzada, op. cit., pp. 89-91.
50 Dulles, op. cit., pp. 570-571.
51 Eduardo Correa, El balance del cardenismo. Talleres Linotipográficos Acción, México, 1941, p. 31: “En territorio del Estado de México, once agentes de la Secretaría de Gobernación detuvieron [a Monseñor Diazjcon sus acompañantes y los capturaron... Por algún tiempo los trajeron recorriendo distintos lugares hasta que se estacionaron en un paraje solitario de las Lomas de Chapultepec, donde permanecieron cinco horas... Cerca de medianoche. . en la Julia] los llevaron a la sexta Comisaría... en donde los alojaron en un calabozo que mediría seis metros cuadrados” y en donde estuvieron presas seis personas. “No se les ministraron alimentos... A la mañana siguiente se les condujo a la Secretaría de Gobernación, donde para justificar el procedimiento arbitrario, se levantó una acta en la que se hizo aparecer que la captura se debió a que los aprehendidos habían violado la Ley de Cultos de 24 de mayo de 1932”.
52 Cf. Taracena, op. cit., vol. III, p. 75.
53 Ibid., III, p. 137. Alvear, op. cit., pp. 144-147. Taracena, op. cit., III, p. 23.
54 Hugh G. Campbell, La derecha radical en México. 1929-1949. Secretaría de Educación Pública, México, 1976, pp. 50-56.
55 Rosendo Salazar, Historia de las luchas proletarias de México, 1930-1936. Talleres Gráficos de la Nación, México, 1956, pp. 141-142.
56 J. Manuel Corro Viña, El presidente Cárdenas ¿nos lleva hacia la dictadura del proletariado? Editorial Orientación, México, 1936, pp. 56-57. Alvear, op. cit., pp. 175-177.
57 Excélsior, del 2 al 25 de enero de 1936. Anguiano, op. cit., p. 52.
58 Benítez, op. cit., pp. 22-23.
59 Alvear, op. cit., p. 176.
60 Benítez, op. cit., p. 23.
61 Pablo González Casanova, La democracia en México, Era, México, 1967.
62 Benítez, op. cit., pp. 23-28. Correa, op. cit., p. 52. Anatoli Shulgovski, México en la encrucijada de su historia, Ediciones de Cultura Popular, México, 1972, p. 97.
63 Excélsior, 25 de enero de 1935.
64 Shulgovski, op. cit., p. 274.
65 Colección de efemérides publicadas en el calendario del más antiguo Galván, Antigua Librería de Murguía, México 1950, vol. II, pp. 753-755.
66 Taracena, op. cit., vol. III, p. 113.
67 Ibid., III, p. 121.
68 Cárdenas, op. cit., p. 316.
69 Salvador Novo, La vida en México en el período presidencial de Lázaro Cárdenas, Empresas Editoriales, México, 1964.
70 Townsend, op. cit., p. 101.
71 Lorenzo Meyer, “La etapa formativa del Estado Mexicano contemporáneo (1928-1940) ”en Centro de Estudios Internacionales, Las crisis en el sistema político mexicano, El Colegio de México, 1977, pp. 25-27.
72 Tzvi Medin, Ideología y praxis política de Lázaro Cárdenas, Siglo Veintiuno Editores, México, 1972, pp. 63-64. Dulles, op. cit., p. 581.
73 Anguiano, op. cit., p. 37.
74 José María Puig Casauranc, Galatea rebelde a varios pigmaliones. De Obregón a Cárdenas. El fenómeno mexicano actual. Impresores Unidos, México, 1938, p. 119.
75 Virginia Prewett, Reportage in Mexico, Dutton and Co., New York, 1941.
76 Benitez, op. cit., pp. 32-33. Allí mismo añade: “Ya no acudía a las juntas de gabinete ni aparecía en público. Estaba enfermo o se fingía enfermo y guardaba cama o recibía en sus habitaciones, severo, sentencioso, impenetrable, empuñando el baquetómetro de sus tiempos de maestro”. “Sin embargo, el poder de Calles” ya no logró subordinar al presidente Rodríguez; desde hacia un lustro los políticos tendían a salírsele del huacal. El Stalin mexicano perdía los poderes férreos de su colega ruso.
77 Véase Eduardo J. Correa, El balance del cardenismo, Acción, México, 1941.
78 Taracena, op. cit., III, p. 128.
79 Emilio Portes Gil, Quince años de política mexicana, Botas, México, 1941, p. 504. Medin, op. cit., p. 64-66.
80 Cárdenas, op. cit., p. 317: “Estos individuos que con su conducta inmoral han traicionado a la Revolución y al propio general Calles dirigen andanadas de intrigas en contra del gobierno al sentir que pierden sus posiciones de lucro”.