LA ORGANIZACIÓN DE LA VIDA FAMILIAR. UN ESTUDIO DE CASO: LA CANDELARIA, COYOACÁN

ELOÍSA NORMAN

INTRODUCCIÓN

El estudio de los medios, prácticas y estrategias que ejecutan los grupos sociales y los individuos para subsistir y reproducirse ha tomado un creciente interés entre los sociodemógrafos latinoamericanos. Este hecho puede vincularse con los avances que ha tenido la investigación sobre la reproducción de la estructura social. En ellos, se ha venido enfatizando que si bien la existencia de las actuales estructuras es producto de complejos procesos sociales, desarrollados en situaciones espacio-temporales, “su existencia no es totalmente independiente de la actividad de los individuos”, pues el proceso de reproducción es más bien “el producto de una compleja dialéctica entre las estructuras objetivas y las prácticas de los actores sociales insertos en las distintas clases” (Oliveira y Salles, 1986: 1). Se propone, entonces, que la reproducción de las estructuras básicas de la sociedad sea parte de un proceso dialéctico en el que, sin negar la presencia del conflicto y por lo tanto la posibilidad de transformación, se reproduce y mantiene la posición relativa de los distintos actores en la estructura de clase. Así, la acción de estos actores no tiene tan sólo el sentido de “producir” las propiedades estructurales de la sociedad (y con ellas, sus condiciones materiales de subsistencia) sino además de “reproducirlas” y hasta cambiarlas.

El análisis de los medios, prácticas y estrategias de subistencia y reproducción no se inicia, por consiguiente, desde el conocimiento de las estructuras para explicar cómo ellas determinan las prácticas sociales. Al considerar estas prácticas como las que en última instancia contribuyen a modelar y reproducir las estructuras sociales,1 las estudia desde una perspectiva dinámica, siendo el hogar el ámbito donde se manifiesta con mayor claridad este proceso dialéctico de condicionamiento, producción y reproducción de las condiciones sociales. Así, el estudio de estos medios, prácticas y estrategias implica, a la vez, el análisis de la reproducción de la unidad doméstica, la cual se refiere a “todas las actividades compartidas y solidarias de sus miembros a través de las cuales logran asegurar su continuidad y la de la familia en el tiempo, y en ese proceso contribuyen también a la reproducción de la sociedad” (Oliveira y Salles, 1986: 5).

El ámbito más cercano en el que tienen lugar las tareas cotidianas que desarrollan los actores sociales para mantenerse y reproducirse es la unidad doméstica. Ésta es una unidad no sólo de producción-consumo sino también de reproducción, cuyo principio de reclutamiento es la consanguinidad. La familia, que comparte un mismo techo y gasto en común, mantiene unidos a los individuos que la integran apoyándose en lazos de afecto, solidaridad y necesidad, estableciendo, produciendo y reproduciendo las “normas, valores, esquemas de percepción y hábitos de clase en áreas diversas, incluyendo, por supuesto, actividades respecto a las prácticas sexuales, procreativas y maritales” (Oliveira y Salles, 1986: 6) que la consolidan como núcleo social.

Las prácticas y estrategias desarrolladas, y por lo tanto la reproducción de la unidad doméstica, asumen ciertas especificidades de acuerdo con su pertenencia de clase, ya que ésta determina, en última instancia, los medios a los que tiene acceso. Así, por ejemplo, las unidades domésticas pertenecientes a la clase obrera y a otros grupos asalariados plenamente integrados en la dinámica capitalista consolidan sus estrategias en torno a la realización como mercancía de su recurso más productivo: la fuerza de trabajo. Podrán valerse de otros medios –cuya existencia estará en función, ya de las especificidades de cada grupo doméstico (características del patrimonio familiar, etc.), ya de las del medio que los rodea (área rural, urbana, etc.)–, y de hecho desplegará una serie de estrategias en función de otros factores que señalaremos más adelante; sin embargo, ante la insuficiencia de un salario o la falta de un empleo estable, la tendencia será valerse de la venta de la fuerza de trabajo disponible, como fuente principal para satisfacer las necesidades inmediatas. Sin embargo, ésta, que podría parecer una norma, adquiere una serie de especificidades, dependiendo de las características y etapas que atraviesen las unidades domésticas, así como de una serie de elementos que las rodean.

El objetivo de este trabajo es presentar las particularidades que asume la participación familiar en el mercado laboral en un conjunto de hogares de bajos recursos. Se trata de un estudio de caso que comprende 224 hogares de La Candelaria, uno de los siete pueblos que forman parte de la actual delegación de Coyoacán de la ciudad de México, Distrito Federal.2 En particular, mi interés se centra en establecer el papel que desempeñan los hombres y las mujeres que pertenecen a estos hogares en el proceso de su producción y reproducción en un aspecto específico, a saber, su participación en el mercado de trabajo. Dicho con otras palabras, en qué grado y de qué manera responden los hombres y las mujeres integrantes de estas unidades domésticas a condiciones económicas dadas.

Para trazar la participación familiar en el mercado de trabajo de estos hogares, me basé en los resultados de una encuesta que, junto con los objetivos y participación de otros investigadores, levantamos durante los meses de noviembre y diciembre de 1986.3

La definición de los principales conceptos utilizados en dicha encuesta y la codificación de sus resultados se ciñeron a los sugeridos por las instituciones estatales e internacionales. Así, como ya se había mencionado, se considera unidad de análisis al conjunto de individuos que, emparentados o no, comparten un mismo techo y llevan un gasto en común (unidad de registro censal); y jefe del hogar, al reconocido como tal por los demás integrantes del mismo (Burch et al., 1976: 492; Jelin, 1984), y como características ocupacionales, las sugeridas por las clasificaciones gubernamentales (México, SPP, 1982, 1985, 1987).

Las características económicas y sociodemográficas de los hogares se estructuraron de acuerdo con los criterios de residencia conjunta y de relación de parentesco con el jefe de familia. Este criterio presupone considerar que “los individuos pertenecientes a un hogar comparten los beneficios o desventajas derivados de las condiciones económicas del jefe del hogar, y que la satisfacción de sus necesidades básicas depende en buena medida de la posición de éste en la estructura económica y de su condición de hombre o mujer” (García et al., 1983a: 492).

Por lo tanto, el análisis se realiza considerando dos ejes básicos como elementos condicionantes de la participación económica familiar: un eje económico (la inserción laboral y la condición de hombre o mujer del jefe del hogar) y otro sociodemográfico (la estructura interna de las familias).

En el eje sociodemográfico distinguimos la composición de la parentela en el hogar, el tamaño medio y sus elementos componentes, así como la edad del jefe de familia. En el eje socioeconómico, si el jefe trabsga por su cuenta o como asalariado, es decir, su inserción laboral, y si es hombre o mujer.

La composición de la parentela sirve para distinguir arreglos familiares distintos de los nucleares y no nucleares. Por hogar nuclear entendemos la familia constituida de alguna de estas maneras: matrimonio sin hijos,4 matrimonio con uno o más hijos solteros. Los hogares no nucleares son aquéllos donde, conteniendo o no un núcleo familiar, conviven otros parientes con el jefe de familia, ya sean sus hijos casados y sus familias (familias de descendencia) o sus padres o suegros (familias de origen)5 u otros parientes o no parientes del jefe (hogares extensos y compuestos).

El tamaño medio de los hogares es un indicador del número promedio de integrantes por hogar. En nuestro trabajo, hemos calculado sus elementos componentes según la edad de los integrantes de cada hogar; con ello, hemos pretendido contar con una medida aproximada de la población mayor o menor de 12 años. Se trata de un indicador bastante grueso del número promedio de menores por hogar que dependen en absoluto del trabajo de los otros, así como del número promedio por hogar de la población en edad de trabajar. Se habla, pues, de una aproximación a la disponibilidad de mano de obra con la que cuenta cada hogar.

La edad del jefe es otra dimensión que hemos privilegiado como eje analítico. Se trata de un indicador del ciclo vital familiar, aunque no por ello hemos identificado una y otra etapa con edades específicas del jefe. Al contrario, al especificar su relación con el tamaño y composición de la parentela, enfatizamos la experiencia del momento y la personal e individual de todos los integrantes del hogar. No por ello dejamos de reconocer que, a pesar de que se trata de sólo un momento en la vida del hogar, también es el resultado de un proceso, es decir, de sucesivos cambios en la estructura, tamaño y composición del mismo.

En el eje socioeconómico, al privilegiar en nuestro análisis los hogares dirigidos por jefes ocupados, será de suma importancia distinguir, en primer lugar, si se trata de un jefe hombre o mujer. En segundo, cuál es la posición de la ocupación del jefe; esto es, si se trata de jefes asalariados, patrones o empresarios, o de trabajadores por cuenta propia. Empecemos con el conjunto de hogares dirigidos por hombres.

LOS JEFES DE FAMILIA HOMBRES

Los jefes de familia son los integrantes del hogar que tienen mayor participación económica. Al igual que en todos los países latinoamericanos (Burch et al, 1976; García et al, 1983), en México (García et al, 1982), en la mayoría de los casos el jefe de familia es también el jefe económico del hogar. En el de este estudio, 87% de los jefes hombres trabajan. El resto, todo parece indicar, no lo hacen porque su ciclo productivo ha terminado. Así lo sugieren los datos del cuadro 1, que muestran el escaso número de desocupados y la ubicación de la mayoría de los inactivos entre los mayores de 45 años, gran parte de ellos jubilados, pensionistas o rentistas.

CUADRO 1 Condición de actividad (jefes)

Al analizar el tipo de inserción ocupacional de los jefes que trabajan, resulta significativa la ausencia de empleadores, capataces o gerentes. Prácticamente, todos los que trabajan lo hacen como asalariados o como trabajadores por cuenta propia (véase el cuadro 2), tratándose además de dos conjuntos de jefes muy distintos entre sí.

Los jefes que trabajan por su cuenta tienen edades más avanzadas que los jefes asalariados. De los primeros, 57.7% rebasan los 45 años de edad, mientras que sólo 18.7% de los asalariados son mayores de 45 años. Esta parece ser una particularidad del trabajo por cuenta propia en contextos urbanos más que un rasgo asociado a la relación de parentesco. Se ha mostrado ya esta particularidad en ciudades brasileñas (Martins, 1979; García et al, 1983a) o en mexicanas, como las de Monterrey (Jelin, 1967) o México (García et al., 1982). Su existencia puede asociarse a las condiciones de contratación de la mano de obra asalariada, que prefiere a los trabajadores más jóvenes y mejor preparados, empujando a los otros hacia actividades fuera del dominio de la capital.

CUADRO 2 Posición en la ocupación (jefes)

Así lo sugieren los resultados del cuadro 3, en el que hemos identificado a un grupo de jefes de familia que ha tenido dificultades para ingresar o permanecer dentro del mercado de trabajo y ha debido recurrir a una combinación de las dos posiciones (“grupo 2”). En él se encuentra que una tercera parte de los hombres mayores de 45 años son en su mayoría vendedores ambulantes u obreros contratados por una temporada limitada sin esperanza de ser recontratados. En este último caso se encuentran prácticamente todos los jefes jóvenes que pertenecen al “grupo 2”. Ya sea que trabajen en la industria, el comercio o el transporte, todos ellos tienen contratos inestables.

En nuestro caso, también podemos asociar la mayor edad de los jefes que trabajan por su cuenta con el tipo de actividad al que se dedicaba el pueblo La Candelaria antes de su incorporación a la zona metropolitana (en 1950): la agrícola. Quienes en 1986 tenían más de 45 años de edad crecieron todavía en ese medio. Su educación, así como el tipo de medios de trabajo que heredaron, los vincula más a estas actividades. Por lo menos así lo sugieren los resultados del cuadro 3, en el que la presencia de ocupaciones agrícolas se observa sólo en el grupo con edades superiores a los 45 años, siendo además este grupo mayoritario (27%). Lo más probable es que, junto con la tradición, este tipo de actividad les fuera mucho más rentable que vender su fuerza de trabajo, que además no cumpliría con los requisitos de contratación impuestos por el capital.

CUADRO 3 Ocupación principal de los jefes trabajadores por cuenta propia (jefes)

En la actualidad, estos trabajadores cultivan la tierra que heredaron y es de su propiedad, donde se ubica su vivienda, y se encuentra dentro de La Candelaria, Coyoacán.

Persisten también otras actividades tradicionales, como las de florista o herrero, básicamente, y se trata de trabaos independientes. A este tipo de ocupaciones se dedican cerca de 14% de los jefes de familia que trabajan por su cuenta, ya sean mayores o menores de 45 años. Estas actividades también se vinculan con la tradición y la herencia, y lo más probable es que persistan como su principal ocupación, por serles rentables y garantizarles su subsistencia.

Hay otro grupo de trabajadores por cuenta propia, en el que hay que incluir a aquéllos con actividades más tradicionales, que se encuentra en una situación más privilegiada que la del “grupo 2”, pues se trata de jefes de familia que teniendo cierta preparación técnica o profesional se han independizado (9.1% entre los menores de 45 años y 10% entre los de más edad): cuentan con su propio local o son propietarios de sus herramientas de trabajo. Éste es el caso de la mayoría de los más jóvenes (77.3%), quienes se dedican principalmente a la venta en su propio negocio (31.8%), a la conducción de sus peseros (13.6%) o a la producción de artículos de servicio personal, como son los herreros, fontaneros, etcétera (cuadro 3).

También, en relación con la edad, podemos identificar algunas diferencias en cuanto a la ocupación principal de los jefes asalariados. Básicamente se trata de una. Entre los trabajadores que no rebasan los 45 años registramos un mayor porcentaje de obreros (29%) que entre los asalariados de más edad (15%). Sin embargo, en ambos grupos comprobamos que no hay una gran diversidad de ocupaciones y que su presencia es similar en ambos casos. Así, el porcentaje de profesionistas y técnicos, como el de choferes –las actividades más socorridas para ellos–, es similar en ambos grupos (cuadro 4).

Algunas características de los hogares dirigidos por trabajadores

Los hogares dirigidos por jefes ocupados son predominantemente nucleares. Según se muestra en el cuadro 5, ya sea en los hogares de jefes asalariados o de trabajadores por cuenta propia, siempre representan más de 60% del total.

El número de integrantes que viven en estos hogares varía según la edad y la posición la ocupación del jefe de familia. En todos los casos, los hogares son mayores cuando éste es mayor, y hay un mayor número promedio de integrantes en los hogares dirigidos por trabajadores asalariados (cuadro 6). Ésta parece ser también una constante en las principales áreas urbanas de Latinoamérica, donde se registra una relación directa entre mayor tamaño del hogar, edad avanzada y trabajo asalariado del jefe de familia (García et al., 1982).

De acuerdo con la definición de la población apta para ingresar en el mercado de trabajo (población en edad activa = mayor de 12 años), observamos, por ejemplo, que 50% de los integrantes de los hogares nucleares de jefes entre 15 y 44 años son mayores de 12 años. Así, en estos hogares dirigidos por asalariados, donde viven un promedio de 3.8 habitantes por hogar, aproximadamente dos de ellos son mayores de 12 años (cuadro 6); en el resto, su presencia es más significativa de acuerdo con la composición de la parentela y la edad del jefe. Si se trata de hogares no nucleares de jefes de familia asalariados entre 15 y 44 años, de los cinco habitantes promedio encontramos que por lo menos tres son mayores de 12 años; de los jefes de familia jóvenes que trabajan por su cuenta, de los 5.5 integrantes promedio de hogares no nucleares, por lo menos cuatro son económicamente activos. Esta relación se incrementa al aumentarla edad del jefe, de tal manera que en los hogares de mayor tamaño, hogares no nucleares de jefes asalariados de más de 45 años, de los ocho integrantes que en promedio viven en cada hogar, 6.6 son económicamente activos. Por lo mismo, a pesar de que el tamaño del hogar aumenta con la edad del jefe de familia, sus recursos, es decir, la fuerza de trabajo familiar, también aumentan. Pero ¿también lo hace la participación económica del hogar? Efectivamente, de lo anterior no podemos concluir que esa fuerza laboral se emplee en el mercado de trabajo. De hecho, su ocupación dependerá, además, no sólo de las características de la demanda de trabajo impuestas por el mercado laboral, también de la edad, el sexo y la relación de parentesco. Puntualicemos, entonces, quiénes son los integrantes mayores de 12 años.

En el cuadro 7 hemos separado a los integrantes del hogar según su sexo y relación de parentesco. En él podemos identificar a los integrantes del núcleo familiar representados por los números 2 (cónyuge) y 3 (hijos solteros).6 En los hogares dirigidos por asalariados entre 15 y 44 años de edad, 77.3% de sus integrantes forman parte de este núcleo; el resto lo integran sus padres o suegros (5% hombres y 5% mujeres). En los hogares de jefes que también son asalariados, pero mayores de 45 años, el porcentaje que representa el núcleo familiar es mayor que en el grupo anterior (83.5%). En relación con la edad del jefe de familia, debemos explicarnos la ausencia de sus padres o suegros (hombres o mujeres), y aunado a otros factores (como pueden ser patrones de residencia conjunta o condiciones económicas concretas), el importante aumento de los que conforman la “familia de descendencia”, quienes integran 14.6% del total.

En los hogares dirigidos por trabajadores por cuenta propia entre los 15 y 44 años de edad, lo primero que salta a la vista es que prácticamente todos sus integrantes mayores de 12 años forman el núcleo familiar (87.8%). A diferencia del grupo anterior, la presencia de la familia de origen resulta poco significativa. En cambio, al igual que en el grupo de jefes asalariados mayores de 45 años, en los hogares de jefes que trabajan por su cuenta también se observa –además del significativo porcentaje de los integrantes del núcleo familiar (73%)– una importante presencia de la familia de descendencia, que en este caso representa 13.42% del total.

CUADRO 4 Ocupación principal de los jefes trabajadores asalariados

CUADRO 5 Composición por parentesco de los hogares según la ocupación del jefe

En otras palabras, podemos decir que los hogares antes descritos se constituyen con base en los patrones de relación de consanguinidad. Junto con la presencia de los integrantes del núcleo familiar –formado por sus esposas e hijos solteros–, entre los miembros mayores de 12 años existen otros integrantes emparentados en línea directa con el jefe, ya sea ascendente o descendente. Ahora bien, ¿qué papel desempeñan en la reproducción de los hogares estos parientes? Partimos del hecho de que los jefes son el eje económico del hogar; pero, además de él, alguno más trabaja. Si es así, ¿quién es? Si no, ¿qué actividad realiza? ¿Podemos asociarla con alguna que contribuya a la reproducción familiar?

CUADRO 6 Elementos componentes del tamaño medio de los hogares

CUADRO 7 Relación de parentesco de los integrantes mayores de 12 años

La participación familiar

La participación económica de los integrantes del hogar es muy distinta, dependiendo del contexto familiar en el que se ubiquen y de la posición que tengan dentro de la organización familiar, así como de su edad y sexo. Por ejemplo, observamos que, casi sin excepciones, los niveles de participación familiar son superiores en los hogares con jefes de familia mayores de 45 años, o bien en los hogares en que éstos trabajan por su cuenta (cuadro 8).

Los hombres son los integrantes que, en todos los contextos, tienen mayor participación económica extradoméstica; sin embargo, dependiendo del contexto de que se trate, son o los integrantes de las familias de origen o los de descendencia quienes más participan.

Cuando examinamos las tasas de participación de los integrantes en contextos asalariados, podemos observar más claramente el papel activo que tienen los hombres de las familias de descendencia u origen. En primer lugar, debemos asociar su presencia con el momento de vida en el que se encuentran estos hogares. Cuando están en las etapas de formación y expansión, relacionadas principalmente con las edades más jóvenes de los jefes (15-44 años), se observa una mayor presencia de las familias de origen, es decir, de los padres o madres del jefe; en cambio, la presencia de las familias de descendencia se observa en los contextos dirigidos por jefes mayores de 45 años. En ambos casos, resulta una constante observar que, ya sean unos en los primeros contextos u otros en los segundos, presentan invariablemente las tasas más altas de participación.

Cuadro 8 Nivel de ocupación familiar (jefes)

Asociado quizá a las obligaciones vinculadas con la representación de sus familias (ya sean éstas denominadas de origen o de descendencia), la mayor participación de estos familiares, vinculados en línea directa con eljefe de hogar, pone en evidencia una forma privilegiada de constituir estrategias de manutención en torno a la venta de la fuerza de trabajo.

Los únicos integrantes hombres que registran niveles de participación menores que las mujeres son los hijos solteros. Los contextos jóvenes, por ejemplo, reportan una tasa inferior a la de sus abuelas en los niveles de más viejos (jefes de más de 45 años), y a las tasas de sus madres y mujeres de las familias de descendencia deljefe, que en la mayoría de los casos son sus hermanas casadas.

También, en el conjunto de las mujeres económicamente activas, se privilegia la participación de las que forman las familias de descendencia o de origen. Cabe destacar en estos casos la alta participación de las madres o suegras de los jefes en los contextos jóvenes. En relación con el papel que desempeñan ellas, se ha supuesto que su presencia tiene la función de liberar la mano de obra de las esposas para que ingresen en el mercado de trabajo; sin embargo, en estos casos, parece ser que, si bien pueden estar cumpliendo un papel de sustitución en algún aspecto de la responsabilidad de sus nueras o hijas, lo hacen en un sentido formal; son ellas quienes realizan trabajos extradomésticos. Por lo menos, así lo sugieren las marcadas diferencias que, en cuanto al nivel de ocupación de las esposas, se reportan en los contextos de jefes jóvenes respecto al de las mayores de 45 años. De hecho, estas últimas, como ya dijimos, tienen niveles de participación superiores a los de sus hijos e hijas solteros.

La presencia de las mujeres de las familias de origen en los hogares de jefes de familia entre 15 y 44 años, o bien de las mujeres de familias de descendencia en el caso de los jefes más viejos, es acompañada invariablemente por altos niveles de participación, siempre superiores al de los integrantes del núcleo familiar (aun siendo éstos hombres).

En los hogares dirigidos por trabajadores por cuenta propia, tenemos situaciones muy distintas. En términos generales, la tasa de participación familiar es mayor en estos contextos que en los dirigidos por asalariados. Sin embargo, en las tasas específicas, es decir, en aquellas que se refieren al conjunto de individuos que comparten una misma posición en la relación de parentesco, esta superioridad es válida sólo entre los integrantes del núcleo familiar. En estos contextos, la responsabilidad económica del jefe es compartida por los integrantes del núcleo familiar: por la esposa, si hablamos de los jefes jóvenes, y por sus hijos solteros, si se trata de contextos más viejos.

En los hogares dirigidos por trabajadores por cuenta propia, sobresale la ausencia de hombres pertenecientes a la familia de origen. Las madres o suegras que ahí viven no participan tan activamente. También llama la atención que a la presencia de familias de descendencia no podamos asociar la importancia que observamos en los otros contextos. Quizá ésta sea una de las causas por las que los integrantes del núcleo familiar reportan niveles de ocupación más altos.

Otra causa que debe asociarse a los mayores niveles de participación del núcleo familiar en estos hogares es la posición de la ocupación del jefe. Al tratarse de trabajadores por cuenta propia –entre los que, como vimos, un importante porcentaje de los jóvenes tienen pequeños comercios o talleres artesanales–, puede suceder que algunas esposas de estos hombres (25% según el cuadro 9) trabajen en el “negocio familiar” y eso explicaría la elevada participación de este grupo de mujeres que, en el conjunto de hogares dirigidos por asalariados y trabajadores por cuenta propia, reporta el nivel más alto. También se puede establecer una relación similar respeto al elevado nivel de ocupación de los hijos solteros que viven con jefes mayores de 45 años dedicados en su mayoría a la agricultura, a la artesanía o al comercio. De estos hijos, 50% trabajan en el negocio familiar sin recibir ingreso alguno (cuadro 9).

Los integrantes no ocupados también realizan alguna actividad dentro del hogar. Ésta, al igual que el trabajo extradoméstico de los otros integrantes, se realiza de acuerdo a una lógica de funcionamiento asociada a papeles específicos designados para cada miembro del hogar. De hecho, quienes no hacen nada o declararon estar desocupados son todos hijos o hijas solteros. Quienes se dedican a los quehaceres domésticos son mujeres y quienes estudian son hijos(as) solteros(as) y nietos(as).

El quehacer no lo realiza sólo la esposa; en él participan principalmente las mujeres de las familias de descendencia, otras parientes, en menor medida las madres o suegras, y por último, las hijas solteras (cuadro 10). Si se trata de hogares dirigidos por hombres mayores de 45 años, invariablemente el porcentaje de PEI femenina dedicada a los quehaceres domésticos disminuye en relación con los contextos jóvenes, exceptuando el grupo de hijas solteras que aumenta.

Los resultados expuestos hasta aquí nos han permitido asociar a características sociales y personales distintos niveles de ocupación; por ejemplo, hemos destacado la elevada participación económica del núcleo familiar, vinculada a la existencia de negocios familiares representados por la ocupación principal del jefe de familia que trabaja por su cuenta. Hemos puesto de manifiesto cómo la realización de otras actividades está regulada, básicamente, por la interrelación entre las características del hogar y las personales de cada integrante. Así, quienes estudian son básicamente los hijos(as) y nietos(as), y quienes hacen el quehacer doméstico son todas ellas mujeres. También hemos podido establecer una regularidad en cuanto a los integrantes desocupados, que son hijos e hijas solteros. Ahora bien, no debemos olvidar que los resultados presentados hasta ahora han estado referidos exclusivamente a los hogares dirigidos por hombres. Cabe ahora preguntarse: ¿qué sucede en los hogares dirigidos por mujeres? ¿Qué particularidades podemos asociar a estos hogares?

CUADRO 9 Posición de la ocupación, sexo y relación de parentesco de la PEA familiar ocupada (jefes)

CUADRO 10 Otras actividades de los integrantes de 12 años y más

LOS HOGARES DIRIGIDOS POR MUJERES

Idealmente, en nuestra sociedad se considera al hombre en la plenitud de su vida cuando aquel debe asumir la responsabilidad de los asuntos de la familia, la función de principal sostén del hogar, al margen de las tareas domésticas y de criar a los hijos. Idealmente, el hombre adulto es, de la pareja y en la familia, el jefe del hogar.

En el conjunto de hogares encuestados por nosotros, tal idea parece estar presente, pues sólo 17.9% están dirigidos por mujeres. De hecho, éstas tienen en su mayoría más de 45 años (73%) y son viudas o separadas (72.5%); es decir, son mujeres que no viven con sus compañeros (cuadro 11). En cambio, los jefes son en su mayor parte jóvenes (sólo 38.6% tienen más de 45 años) y prácticamente todos están casados o unidos (91.3 por ciento).

CUADRO 11 Distribución de ios hogares según sexo, edad y estado civil del jefe/jefa

La idea de vincular la jefatura del hogar con la responsabilidad económica no parece alterarse con el hecho de que aquélla la tenga una mujer (cuadro 12). De hecho, registramos algunos casos en los que –aun viviendo con sus maridos y que, como veremos más adelante, alguno trabaje– la mujer que trabaja parece asumir la responsabilidad económica del hogar; sin embargo, lo más probable es que la mayoría de estas mujeres hayan asumido la dirección de sus hogares en situaciones especiales: ante una “emergencia” en el caso de la muerte del antiguo jefe o del abandono del mismo. En todas estas ocasiones, las mujeres han tenido que asumir, a la par que las responsabilidades que ya tenían, las dejadas por el hombre. Por lo menos, así lo sugieren los altos niveles de ocupación de estas mujeres que difieren poco de los de los hombres. También, la gran mayoría de las jóvenes trabajan (92.3%), y en una importante proporción de las mayores recae la responsabilidad económica (52% trabajan). Tampoco parece haber muchas diferencias en términos del tipo de inserción ocupacional, ya que prácticamente todas son asalariadas (54.2%) o trabajadoras por cuenta propia (cuadro 13).

CUADRO 12 Condición de actividad (jefas)

CUADRO 13 Posición en la ocupacion (jefas)

Sin embargo, la organización doméstica no parece ser la misma. Mientras en el conjunto de los hogares dirigidos por hombres que trabajan no observamos ninguna relación entre la posición en la ocupación y la composición por parentesco del hogar (prevalecen los arreglos nucleares), en los hogares dirigidos por mujeres no sólo podemos observar una mayor frecuencia de los arreglos nucleares entre las que tienen un trabajo asalariado (61.5%), y de los no nucleares entre las que trabajan por cuenta propia (54.5%), sino que según se trate de una mujer joven o vieja se observan preferentemente arreglos nucleares entre las primeras y no nucleares entre las segundas (cuadro 14). Así, 72% de los hogares comandados por asalariadas jóvenes son arreglos nucleares y 75% de los hogares dirigidos por mujeres mayores de 45 años no lo son.

CUADRO 14 Composición de parentesco de los hogares según la posición de la ocupación de la jefa

Los hogares dirigidos por estas mujeres son invariablemente más pequeños que los dirigidos por hombres que trabsyan, contando además con menos mano de obra familiar (cuadro 15). Sin embargo, también viven menos niños menores de 12 años (que en promedio rara vez representan más de uno por hogar), por lo cual, en términos de la composición del tamaño medio, siempre hay mayor presencia de población económicamente activa que de menores.

La mayor frecuencia de arreglos nucleares entre los hogares de jefas de familia jóvenes se refleja en que, básicamente, los integrantes mayores de 12 años pertenecen al núcleo familiar, incluyéndose la presencia del cónyuge (cuadro 16). Son muy pocos los casos en que viven los padres o suegros de la jefa. En cambio, en los hogares de mujeres mayores que trabajan por su cuenta sólo observamos la presencia de integrantes de familias de descendencia; de hecho, estas familias representan una proporción importante entre los integrantes de más de 12 años.

CUADRO 15 Elementos componentes del tamaño medio de los hogares

Todas estas particularidades pueden implicar cambios bruscos en la organización doméstica que lleven a plantear reestructuraciones del hogar. De modo que si la disponibilidad de mano de obra deriva en gran medida de las características de la estructura interna del hogar –como ya habíamos observado–, al registrarse modificaciones en los papeles y responsabilidades de los integrantes, aquellos que en los hogares dirigidos por hombres estaban menos inclinados a ingresar en el mercado de trabajo en estos contextos pueden tener mayores niveles de participación en la manutención del hogar. Así podría entenderse que en todos los contextos se registre una mayor participación familiar en los hogares dirigidos por mujeres que en los comandados por hombres. Por ejemplo, contrasta la tasa de participación familiar en los hogares dirigidos por jefes jóvenes asalariados, que asciende a 19.9%, con la tasa en los de asalariadas jóvenes, que es de 38.9%; o bien la tasa de participación familiar los contextos de jefes asalariados mayores, que es de 32.7%, con la tasa en los de asalariadas mayores, que asciende a 41.2%. Lo mismo sucede en los hogares dirigidos por jefes que trabsyan por su cuenta (en los contextos dirigidos por hombres es de 27.7% en los jóvenes y de 43.4% en los mayores), con 33.3 y 56% en los hogares de mujeres jóvenes y mayores de 45 años, respectivamente (cuadros 8 y 17).

CUADRO 16 Relación de parentesco de los integrantes mayores de 12 años

Para profundizar en estas diferencias, comparemos primeramente la lógica de participación observada en los hogares dirigidos por hombres con la misma en los de mujeres. Como habíamos visto, en los hogares dirigidos por hombres, las distintas actividades estaban repartidas según el sexo, edad y relación de parentesco, siendo una constante la mayor participación en el mercado de trabajo de los integrantes de las familias de origen o de descendencia, así como de otros parientes; si no vivían en estos hogares los últimos, entonces había una elevada participación de las esposas, seguida de la de los hijos solteros y por último de las hijas (cuadro 17).

Cuadro 17 Nivel de ocupación familiar

La participación de los integrantes del núcleo familiar de los hogares dirigidos por jefas asalariadas jóvenes sigue la lógica antes descrita. Son los hombres quienes más participan (cuadro 17). En cambio, en los contextos de jefas mayores de 45 años, la responsabilidad de la manutención del hogar la comparten principalmente con sus hijas solteras, de las que 55.6% trabajan, porcentaje superior al de los hijos solteros ocupados (33%). También, en los hogares de jefas mayores que trabajan por su cuenta, donde habíamos visto una importante presencia de integrantes mayores de 12 años que no pertenecen al núcleo familiar, el más alto nivel de participación lo reportan los integrantes no nucleares, seguido por los hijos e hijas solteros (cuadro 17). Cabe subrayar que en todos los contextos y grupos de parientes, sean éstos hijos solteros, familias de descendencia, hombres o mujeres, los niveles de participación son invariablemente superiores en los hogares dirigidos por mujeres. Lo anterior parece sugerirnos que se trata de una mayor utilización de la venta de la fuerza de trabajo familiar como el mecanismo privilegiado para la manutención.

CUADRO 18 Posición en la ocupación, sexo y relación de parentesco de la PEA familiar ocupada (jefas)

En el conjunto de hogares dirigidos por mujeres trabajadoras también se observan diferentes niveles de participación familiar realcionados con la ocupación de la jefa. Entre los hogares comandados por hombres, habíamos subrayado la mayor participación familiar asociada al trabajo por cuenta propia del jefe. Ahí habíamos destacado las altas tasas registradas en los hogares de jefes mayores de 45 años, contextos donde los integrantes del núcleo familiar, principalmente los hijos solteros y la esposa, son quienes más participan y en un porcentaje significativo (50%) trabajan en el negocio familiar. Situación parecida volvemos a observar en los hogares dirigidos por mujeres. También en estos contextos los niveles de participación familiar son mayores en los hogares de jefas de familia que trabajan por su cuenta, principalmente de las que tienen más de 45 años (cuadro 17). En ellos, volvemos a observar la alta participación de los hijos solteros en el negocio familiar, pues 67% de los ocupados trabajan en el negocio familiar sin recibir pago alguno (cuadro 18).

Las actividades que realizan los integrantes no ocupados de los hogares dirigidos por mujeres son las mismas que en los hogares comandados por hombres. Se trata básicamente del quehacer y del estudio. Al igual que en los hogares de hombres, también aquí se dedican principalmente a estudiar los hijos e hijas solteros. En cambio, dependiendo del contexto de que se trate, son hombres o mujeres (jóvenes o adultos) quienes se dedican al quehacer del hogar (cuadro 19).

En los hogares de asalariadas jóvenes se dedican a las labores domésticas principalmente los adultos, ya sean hombres o mujeres. Sus esposos y sus padres o suegros(as) no ocupados se dedican al quehacer del hogar principalmente. Sólo 12.5% de las hijas solteras se responsabilizan de las labores domésticas; la mayoría de ellas son estudiantes (50%). En cambio, en los hogares de asalariadas mayores, la mayoría de los hombres son quienes se dedican a las labores domésticas. Veamos con mayor detalle este último caso.

El conjunto de hogares dirigidos por mujeres mayores de 45 años asalariadas se trata de un grupo particular: cinco de las seis jefas que forman este grupo trabajan en el servicio doméstico y, paradójicamente, la mayoría de los hombres mayores de 12 años que viven con ellas se dedican a los quehaceres del hogar (cuadro 19). Efectivamente, los maridos que ahí viven y la mitad de sus hijos solteros son los responsables del quehacer, mientras que sólo un tercio de sus hijas solteras se encargan de las labores domésticas. En estos contextos sobresale igualmente el bajo porcentaje de hijos e hijas solteros que estudian, así como la ausencia de desocupados.

CUADRO 19 Otras actividades de los integrantes de 12 años y más

También hay hombres que se dedican a las labores domésticas en los contextos de asalariadas más jóvenes; sin embargo, difieren del caso anterior en que, en primer lugar, son apenas 11.1% de la PEA familiar masculina, siendo todos los hombres maduros del hogar (cónyuge y padre de la jefa). También son muy pocas las mujeres que tienen como ocupación principal las labores domésticas (la única madre registrada en este conjunto rebasa los 65 años de edad).

Todo parece indicar que, como un hecho asociado a la precariedad del trabajo que desempeñan las jefas mayores asalariadas, se eleva la participación familiar en todos los ámbitos de la reproducción; así se explicaría el alto porcentaje de hombres dedicados a los quehaceres domésticos –debido a las escasas posibilidades de encontrar un empleo–, los cuales suplen las funciones que tradicionalmente tendrían las mujeres y presionan para que los hijos permanezcan el menor tiempo posible en la escuela. También explicaría que, al contar con mayores oportunidades de empleo relacionadas con el tipo de ocupación de las jefas mayores que trabajan por su cuenta, la actividad privilegiada entre sus hijos solteros sea el trabajo extradoméstico. Dicho en otras palabras, no habiendo alternativas y ante las condiciones precarias que enfrentan estas unidades domésticas, la mayor participación de todos los integrantes de los hogares comandados por mujeres también se observa en una mayor actividad en los otros aspectos que incumben a la reproducción del hogar, aun cuando esto implique una modificación de los papeles tradicionales, y por lo tanto, una reestructuración del hogar.

CONCLUSIONES

El objetivo del presente artículo ha sido poner en evidencia las particularidades que asume la organización doméstica de un conjunto de hogares que, viviendo en un mismo barrio y compartiendo una misma situación política y social, enfrentan de manera particular la actual crisis del país. Al tratarse de un conjunto de unidades domésticas que pertenecen a la clase obrera y a otros grupos de trabajadores plenamente integrados en la dinámica capitalista, las particularidades que asume la organización doméstica de estos hogares se halla en función de las posibilidades que tengan de echar mano de su medio más productivo: la venta de la fuerza de trabajo de la mayor parte de sus integrantes.

Como vimos, dentro de estos hogares se prefiere la venta de la fuerza de trabajo de los integrantes de mayor edad y del sexo masculino; y de acuerdo a la disponibilidad y posibilidades que éstos tienen de ingresar en el mercado laboral, se constituye la asignación de papeles y la distribución de las otras actividades del hogar. Por lo menos, así se puso en evidencia al comparar los distintos contextos familiares aquí considerados.

En primer lugar, y en relación con las mayores oportunidades laborales brindadas por el tipo de ocupación del jefe del hogar, observamos que, invariablemente, en los contextos de jefes que trabajan por su cuenta (fueran hombres o mujeres) el nivel de participación familiar era superior al de los hogares de jefes asalariados.

También pudimos observar una mayor participación familiar en los hogares dirigidos por mujeres. La activa participación en todos los aspectos que implica la subsistencia de un hogar es uno de los rasgos más sobresalientes en estos contextos, ya que, aun entre los integrantes que no están ocupados en algún trabajo extradoméstico, todos realizan alguna actividad vinculada al mantenimiento del hogar. Así lo sugieren, por lo menos, los porcentajes de integrantes mayores de 12 años que se dedican a las labores domésticas, la reducida proporción de los que estudian y la casi inexistencia de desocupados; datos que, por lo demás, sugieren que estos integrantes pueden ser desocupados disfrazados, pues tanto en estos hogares como en los dirigidos por hombres se selecciona de manera especial la venta de la fuerza de trabajo como el mecanismo principal de subsistencia.

Hemos podido distinguir que, en algunos de los hogares dirigidos por mujeres trabajadoras, los papeles asignados a cada integrante, definidos por la relación de parentesco con el jefe, son muy similares a los observados en los contextos de hogares con jefes trabajadores. Sólo en los contextos de mujeres asalariadas mayores de 45 años pudimos observar una importante modificación en la distribución de los principales papeles asignados a cada integrante del hogar. Ahí, los hombres adultos participan básicamente en las labores caseras, y la mayoría de los más jóvenes, que al parecer tienen serios problemas para ingresar en el mercado laboral, se dedican básicamente al quehacer doméstico. En cambio, las integrantes que en los hogares de jefes se hallan menos inclinadas a ocuparse fuera del hogar son quienes básicamente apoyan a las jefas en la responsabilidad de la manutención del mismo; ése es el caso de las hijas solteras que viven en contextos de jefas asalariadas mayores.

También mostramos cómo el que otros miembros vivan junto con los del núcleo familiar refuerza la selección de la venta de la fuerza de trabajo familiar, como principal mecanismo de subsistencia, hecho que, combinado con las características socioeconómicas asociadas al tipo de trabajo de la jefa (trabajadora por cuenta propia) –lo cual posibilita elevar el nivel de ocupación de los hijos solteros y familias de descendencia–, figura como elemento “estabilizador”, permitiendo que nuevamente podamos observar la misma lógica respecto a la división del trabajo y las responsabilidades vistas en los hogares de jefes.

Así, en los hogares dirigidos por hombres que trabajan, quienes se dedican a las labores del hogar son básicamente mujeres, y al estudio, los hijos(as) solteros y los nietos(as). Para el trabajo extradoméstico se privilegia la venta de la fuerza de trabajo de los hombres y la de los integrantes de las familias de origen y de descendencia. De esta forma, pudimos observar que en los contextos donde éstos se hallaban presentes, el porcentaje de los integrantes del núcleo familiar que trabajaban fuera del hogar era bajo, mientras que en los hogares donde no se registraba su presencia o donde el jefe trabajaba por su cuenta ese porcentaje aumentaba considerablemente.

La presencia de los integrantes de las familias de origen y de descendencia parece formar parte de un mecanismo de producción y reproducción –que tanto para el grupo nuclear como para el que se incluye en él alivia las cargas del trabajo extradoméstico a los integrantes del núcleo familiar y sirve, como dijimos, de elemento “estabilizador” en los hogares dirigidos por mujeres.

Por último, queremos subrayar que si bien hemos podido asociar un conjunto de características sociales y personales a distintos niveles de ocupación familiar –destacando la elevada participación económica vinculada con la existencia de negocios familiares representados por la ocupación principal del jefe (trabajo por cuenta propia) y la superior participación debida a la mayor responsabilidad relacionada con la precariedad del trabajo de las jefas–, los resultados aquí expuestos no hacen más que ponen en evidencia una forma concreta de respuesta de un conjunto de hogares con algunas características comunes: esto es, nos dan cuenta de un momento en la vida de los hogares encuestados y de las formas en las que sus integrantes constituyen, según sus características individuales y colectivas, las estrategias de organización familiar en una relación compleja acorde, a pesar de la coyuntura social, económica y política que enfrentan en cada momento concreto.

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——, Encuesta nacional de empleo urbano, México, INEGI, Dirección General de Estadística, 1987.

Notas al pie

1 Ya que en el momento de producir la acción, resultado de las propiedades estructurales de la sociedad, se produce al mismo tiempo un acto de reproducción de las condiciones que hicieron posible dicha acción.

2 Al igual que el resto de los pueblos de Coyoacán, los orígenes de La Candelaria se remontan a la época prehispánica, cuando el lago de Texcoco bañaba una parte importante de la superficie actual de Coyoacán. Estas comunidades se ubicaban en ambos márgenes del lago, particularmente en una angosta faja delimitada por el agua y el pedregal. A mediados del siglo XIX, con la construcción de canales y drenajes, las tierras se transformaron poco a poco en cultivables (Delegación de Coyoacán, Datos monográficos relevantes, México, DDF, 1980b, 42 pp.), convirtiéndose la agricultura en la actividad principal de esta zona hasta los años cincuenta, en los cuales, al desviarse las aguas por la construcción de nuevas colonias, se cambió el uso del suelo y con ello la actividad económica principal. A partir de este decenio la mancha urbana ocupó el área norte de Coyoacán y, como en toda la periferia de la ciudad, se ubicaron un número importante de establecimientos industriales, transformando lentamente estas comunidades de pueblos en barriadas de trabajadores (Delegación de Coyoacán, Programa de barrios, México, DDF, 1980a, 42 pp.).

3 Algunos resultados ya han sido presentados y otros se encuentran en proceso. Entre los primeros, véanse Isabel Lagarriga, “La Candelaria, Coyoacán, un ejemplo de ritos mortuorios”, ponencia del Simposio Así estudiamos la muerte hoy, México, 20 de febrero de 1987; Mora y Quintal, “Religión e identidad en contextos urbanos”, ponencia en la I Reunión Latinoamericana sobre Religión Popular. Identidad, y Etnicidad. VI Simposio de la religión Popular. Identidad y Etnociencia, México, ENAH, mayo 1987a, y “Fiestas tradicionales del pueblo de La Candelaria, Coyoacán, D.F.”, Cuadernos de trabajo del DEAS, núm. 36, México, INAH-Departamento de Etnología y Antropología Social, 1987b, 115 pp.

4 Se incluyen las uniones de hecho.

5 Clasificación sugerida por Susana Lerner y André Quesnel, “La familia como categoría analítica en los estudios de población: propuesta de un esquema de análisis”, en Conacyt, Investigación Demográfica en México 1980, México, Conacyt, 1982.

6 Prácticamente, todos los hogares no nucleares entrevistados por nosotros incluyen un núcleo familiar. Se trata de sus hijos o hijas casados, nueras o yernos y nietas o nietos.

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